| Platicas Cuaresmales 2010 - Tema I: “Palabra de reconciliación y conversión” |
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| Escrito por Dimensión Diocesana de Pastroral de la Catequesis |
| Viernes, 05 de Marzo de 2010 17:15 |
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Objetivo: Suscitar que los participantes reconozcan y tengan la experiencia del abrazo reconciliador de Dios Padre manifestado en su Hijo Jesucristo, la Palabra hecha carne, para vivir en actitud permanente de conversión. Material: En esta primera reunión tomaremos conciencia de que cada uno de nosotros que formamos la Iglesia, hemos sido reconciliados por la Palabra que es Jesucristo, y a la vez somos llamados a ofrecer a nuestros hermanos un espacio de reconciliación, misericordia y perdón. Es importante que reflexionemos en que nosotros los cristianos en estos tiempos actuales de conflicto, debemos dar ejemplo de reconciliación buscando construir una sociedad justa y pacífica. Todos decimos la siguiente oración: Lectura de la Palabra “Yo sanaré su infidelidad, los amaré con todo el corazón pues ya no estoy enojado con ellos” (Os 14,5). Que nos dice la Iglesia 2-. La reconciliación es don del Padre. Sólo el Padre puede realizar la reconciliación. Es, ante todo, una llamada que viene de lo alto. En el Nuevo Testamento es significativo el vínculo que existe entre la paternidad divina y la gran alegría del banquete. Se compara el Reino de Dios a un banquete donde el que invita es precisamente el Padre (cf. Mt 8, 11; 22, 4; 26, 29). La culminación de toda la historia salvífica se expresa así mismo con la imagen del banquete preparado por Dios Padre para las bodas del Cordero (cf. Ap 19, 6-9). 3. En Cristo se concentra la reconciliación que procede del Padre. Jesucristo no sólo es el Reconciliador, sino también la Reconciliación. Precisamente por el misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo se supera el drama de la división que existía entre el hombre y Dios. El don de la reconciliación, en su doble dimensión: liberación del pecado y comunión con Dios-Amor debe ser acogido por cada uno de nosotros, cooperando activamente, desde nuestra propia libertad, con la gracia, infundida en nuestros corazones por el Espíritu. Nos toca trabajar a tiempo y a destiempo por nuestra conversión que consiste en configurarnos con el Señor, hacer vida su misterio pascual en nuestras existencias. 5.- La conversión. La conversión al Señor, nuestro Dios, nos otorga la salvación y la vida. La conversión es necesaria para entrar en el Reino. Juan Bautista y Jesucristo predican diciendo: «conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 3, 2; Lc 13, 1-5). «Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos» (Mt 5, 19). La conversión es, ante todo, obra de Dios y de su gracia. Pero requiere la aceptación y colaboración de la persona. «Hazme volver y volveré, pues tú Yahvé, eres mi Dios» (Jer 31, 18). «Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo atrae» (Jn 6, 44). La conversión es saneamiento y transformación del interior. Pero se proyecta en actos concretos (virtuosos, edificantes y meritorios). «Yo pondré mi Ley en el fondo de su ser, y la escribiré en su corazón» (Jer 31, 33). Decía Juan Bautista: «den, pues, fruto digno de conversión, y no crean que basta con decir en su interior tenemos por Padre a Abraham» (Mt 3, 7, 9). La condición del convertido al Evangelio requiere de sí mismo autoestima, esfuerzo y vigilancia, para permanecer siempre en la dignidad de Hombre Nuevo e hijo de la luz, comprometido en la transformación social del mundo con los criterios del Evangelio. «No vivan ya como viven los gentiles, excluidos de la vida de Dios. Revístanse del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia, la verdad y santidad. Ahora, ustedes son Luz; vivan como hijos de la luz» (Ef 4, 17-5,11). Veamos nuestra realidad: Ya en el sermón de la montaña Jesús insiste en la conversión del corazón: La reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar (Mt 5, 23-24); el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores (Mt 5, 44-45); perdonar desde el fondo del corazón (Mt 6, 14-15); en otras palabras es la pureza del corazón y la búsqueda del Reino (Mt 6, 21.25.33). «El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, obediencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo» (EN 76). Celebramos nuestra Fe. En el catecismo de la Iglesia Católica leemos: “El perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (2 Cor 5,18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí”. Invitarlos a reflexionar cómo vamos a acoger la reconciliación que Dios nos ofrece. Y anotarlo en los trozos de papel en la parte del frente. Finalmente, poco a poco van uniendo las partes del corazón; ahora ya no está fragmentado, sino que es un corazón sanado, unido y fortalecido. Sintiéndose profundamente amados y reconciliados con Dios, con los hermanos y consigo mismos. Elevar el corazón que armamos; dirigir a Dios la siguiente oración de acción de gracias. (Símbolo: Se presenta un canasto con flores). Bendición y despedida. Bibliografía. Movimiento por un Mundo Mejor, Servicio de Animación Misionera: |
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