CREO EN LA VIDA ETERNA PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Redacción   
Viernes, 09 de Mayo de 2008 22:30
Creemos con firmeza que la última palabra que Dios pronuncia sobre el hombre no es la muerte, sino la vida. La Iglesia recuerda el deber de involucrarse activamente en la construcción de un presente mejor, en el que cada hombre y mujer puedan vivir de acuerdo a su dignidad de hijos de Dios. +Lázaro Pérez Jiménez Obispo de Celaya Al acercarse la celebración de los fieles difuntos, los días uno y dos de noviembre, es oportuno referirse a esa verdad que profesamos en el Credo que nos hace afirmar la certeza de que después de nuestro peregrinar en este mundo, encontramos la plenitud de la vida que llamamos vida eterna o cielo. Creemos con firmeza que la última palabra que Dios pronuncia sobre el hombre no es la muerte, sino la vida. La Biblia nos dice que nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar y precisamente la que nos permita caminar inmersos en la esperanza poniendo la mirada hacia el futuro con optimismo. El hombre está llamado a trascender, su vocación última va más allá de las realidades que lo envuelven en el presente. Aunque la creencia en la vida eterna pertenece al depósito de la fe que se apoya en la enseñanza de Jesús y en la constante predicación de la Iglesia, se tiene la impresión de que en nuestra cultura actual aceptar un “más allá” después de existencia humana resulta irrelevante. Cierto que el Credo se repite por lo menos una vez durante la eucaristía dominical pero en la vida práctica parecería que se trata de algo de lo que se podría prescindir; se puede caminar por esta tierra poniendo el interés exclusivamente en el “más acá”. Se dice que el presente se vive una sola vez y hay que aprovecharlo al máximo porque de los demás nadie nos puede asegurar. Con la profesión de fe sobre el “más allá” ha sucedido lo mismo que en el movimiento pendular, es decir, nos hemos ido de un extremo al otro con la convicción que cada uno de ellos niega al otro. Un extremo desconoce al otro; no se alcanza la síntesis de los dos con el peligro de que en la vida se llegue a radicalismos indeseables. Veamos como se comprueba lo anterior a lo largo de los años. Durante muchos años la enseñanza del “más allá” provocaba cierto desinterés en las responsabilidades del hombre en el presente. Esto traía consecuencias dolorosas en especial al relegar la obligación por construir un mundo más justo en nombre de la vida eterna. No importaban las injusticias ni la negación de los derechos fundamentales de la persona puesto que al final se alcanzaría el cielo prometido por Dios. Había que aceptar que el destino de los pobres era su pobreza y hasta el pobre tenía que dar gracias porque después de pruebas y sufrimientos venía lo más grande para él que era ver a Dios después de la muerte. Este tipo de creencia hizo decir a Carlos Marx que la religión era el opio del pueblo, es decir, que sólo servía para adormilar las conciencias ante la urgente necesidad de la transformación de la sociedad, que en su tiempo generaba las más escandalosas injusticias para con los obreros explotados por los poderosos. A los pobres había que dejarlos donde estaban, que al fin y al cabo, al partir de este mundo recibirían la recompensada esperada. Triste que una interpretación errónea de la fe cristiana sirviera para avalar un mundo que no correspondía al que Dios había proyectado desde el principio. Hoy, la Iglesia recuerda a sus hijos el deber de involucrarse activamente en la construcción de un presente mejor, en el que cada hombre y mujer puedan vivir de acuerdo a su dignidad de hijos de Dios y así, experimentar desde ahora la llegada de la plenitud de la vida. La fe cristiana en el “más allá”, en lugar de entorpecer la obligación por la transformación del mundo, aporta nuevos motivos para comprometerse de forma más decidida en la lucha por una sociedad justa. Para la Iglesia católica, quien descuida sus obligaciones como ciudadano del mundo, pone en riesgo su propia salvación. Hoy quizá corremos el riesgo de estar tan inmersos en la inmediatez de la vida presente y sus reclamos que, como dije antes, el “más allá” pierde sentido. Falta la síntesis de los extremos. Pero nada nos debe impedir que cuando hoy profesamos el Credo ratificamos una vez más que después de haber cumplido en el mundo la voluntad de Dios de forma cabal, la vida eterna llegará a nosotros como el regalo de Dios prometido a sus hijos amados.
 

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